<<Diciembre. Las montañas están cubiertas de nieve, los copos caen de forma incesante, el viento estremece los pinos, el frío mantiene a los habitantes alejados del exterior. A todos excepto a una pareja de turistas que parecen decididos a llegar a su destino. Una anciana de pelo largo y gris con gafas de media luna que reside cerca de la escena, se asoma a una ventana para observar con detenimiento. El parte meteorológico de aquella semana anunciaba precaución. En efecto, la carretera no estaba sólo llena de alarmantes curvas; con todo, una inmensa capa suave se aproximaba rápida y amenazadoramente. Niebla. El hombre del vehículo sujetaba un enorme mapa de carretera sin saber muy bien dónde señalar, la mujer conducía con los dientes apretados. Estaban tensos y notablemente preocupados, lo suficiente como para que la mujer se sintiera vulnerable frente al volante. No pasaron ni dos minutos cuando apareció frente a ellos un inesperado coche rojo. La niebla les había traicionado, no había podido advertirles. La mujer abrió los ojos sorprendida y el hombre gritó estremecedoramente. Un fuerte golpe bastó para que la mujer se diera contra el volante y el hombre rompiera el cristal de su ventanilla contra el impacto de su cabeza. El coche rodó fácilmente hasta uno de los pinos. La anciana de pelo largo y gris del interior de la casa cerró los ojos y su frente se llenó de arrugas de profunda tristeza.>>
-¡No!- grité alzando los brazos en el aire en un desesperado intento de escapar de la escena.
-Calma, calma– susurró una voz femenina desde algún lugar de mi túnel negro- sólo estabas soñando.
Di un respingo y abrí los ojos. Miré de izquierda a derecha esperando encontrar un lugar sereno rebosante de copos de nieve, pero lo único que encontré fueron unas paredes naranjas empapeladas de posters y acompañadas de un armario, muebles y librerías. Con todo, un viejo ordenador reposaba en un escritorio. Mi habitación. Estaba a salvo, a salvo de mi pesadilla. La misma que tenía cada noche.
-¿Estás bien?- añadió.
-Sí- respiré profundamente- lo siento.
-No tienes que disculparte- sonrió.
No era ningún secreto que mi trastorno era real e intenso, lleno de angustia y de dolor. Las cesantes malas reacciones contra mi pesadilla me aterrorizaban tanto que temía que no volviera a despertar nunca más. Y ella lo sabía.
-Gracias, mamá- dije muy a mi pesar.
-Haz la cama y no tardes, te esperaremos para desayunar- me acarició el pelo.
-De acuerdo.
Cuando cerró la puerta, no hice ademán de levantarme aún. Necesitaba un minuto para tranquilizarme debidamente y asimilar que esto seguiría ocurriendo durante un tiempo. Al parecer, un año no había sido suficiente. Durante ese período, no había podido o sabido descifrar adecuadamente qué relación guardaba con el accidente, quién era el conductor del coche rojo y si realmente existiría aquella anciana o si sólo era imaginaria. ¿Intentaba advertirme de algo el subconsciente? Ni una respuesta, absolutamente ninguna, salvo la realidad de que mi padre estaba muerto y que no volvería.
Reprimí el nudo que intentaba formarse en mi garganta y tiré la ropa sucia al cesto de mimbre. Mientras intentaba eliminar las arrugas de mi sábana, los recuerdos se amontonaron solos. Mis padres desearon reservar una casa rural en Andorra para esquiar durante una semana. No les acompañé porque tenía trabajos amontonados que entregar en el instituto. Después del accidente, la policía nos localizó a mis hermanos y a mí. Anunciaron que mi madre quedó gravemente hospitalizada y que mi padre murió en el acto.
Sacudí la cabeza enérgicamente.
-Ya es suficiente- me reñí a mí misma.
Bajé las escaleras con desgana y mordiéndome las uñas distraídamente.
-Buenos días- me saludó mi hermano mayor son una ancha sonrisa y una taza de café en la mano.
-Buenos días.
En realidad, era más afortunada que otras víctimas que habían pasado por aquello.
-¿Qué puedo tomar?
-Leche, zumo, cereales y tostadas. He ido temprano al mercado, así que tenemos reservas.
-Lo siento, pero los cereales me los he acabado yo- rió mi hermano pequeño.
Puse los ojos en blanco y elegí tostadas. Mientras mordía un extremo distraídamente, les estudié. Mi madre tenía el pelo de un rojo intenso. Su melena era corta y las puntas rebeldes, mirando en diferentes direcciones. Sus ojos eran marrones y cálidos. No era muy alta. Se llamaba María. Mi hermano mayor era Sebastián, tenía 19 años y generalmente era tranquilo y responsable. Tenía la tez algo pálida y en su rostro descansaban unos ojos almendrados. Mi hermano pequeño se llamaba Daniel, tenía 14 años y era sociable y empático. Sus ojos prácticamente eran negros y su piel bronceada.
-Tengo que estudiar.
-Y yo he quedado para jugar a fútbol.
-Nuka, ¿tú qué vas a hacer?
¿Que cómo era yo? Mi pelo era castaño y rizado, con un rostro pequeño acompañado una nariz recta y unos labios carnosos. Mis ojos eran de un azul grisáceo apagado, y en ellos, descansaban unas profundas ojeras que escondían un sufrimiento latente. En cuanto al perfil psicológico, se había derrumbado por completo, y no estaba segura de si volvería a ser la misma. Solía tener una gran capacidad de enfrentamiento de opiniones, pero últimamente esta se escondía dando paso a la utopía. Parecía que únicamente quería herirme a mí misma, como si me conformara con ser un despojo humano.
Resultaba complicada de entender, pero no me importaba. Tiempo atrás decidí que jamás me enamoraría.
-No tengo planes. Me quedaré y veré alguna película.
En efecto, pude disponer de una amplia intimidad, pues mi madre también se fue, concretamente al gimnasio. Cuando la oscuridad calló sobre las calles, alguien tocó al timbre y di un respingo. Paré la cinta, cogí las llaves, quité el pestillo y me asomé.
-¿Sí?- susurré.
-El cartero.
-Gracias, ¿desea algo más?
-No, buenas noches señorita.
-Igualmente.
En mi mano descansaban más cartas de las habituales. Solíamos recibir pocas, y el correo no era algo que me interesara. Mientras volvía a sentarme distraídamente frente a la chimenea, fui pasándolas una a una. Publicidad. Una carta de la Universidad para Sebastián. Más publicidad, más publicidad. Algo para Daniel. Algo para mi madre. Más publicidad y... algo para mí. Fruncí el ceño y le di la vuelta; era una carta blanca como otra cualquiera, pero observé que la letra estaba escrita en una caligrafía inglesa. La abrí, nerviosa. Empecé a leerla desesperadamente, como si las palabras fueran infinitas y nunca acabasen, y finalmente grité. Era la beca que me había propuesto conseguir para irme a estudiar a Nueva York y cursar allí mis próximos cuatro años. Desde que murió mi padre, las deudas se habían incrementado y decidí que debía facilitarle las cosas a mi madre. Pero no por ello dejaba de ser surrealista. Corrí violentamente hacia mi habitación dando grandes bocanadas de aire y formando pequeños jadeos, temiendo caerme de un momento a otro. Abrí el armario y me desnudé apresuradamente. Tomé una sudadera gris, unos vaqueros informales y bajé, con el móvil en la mano y las llaves en la boca. Puse la alarma de seguridad y me encaminé hacia la casa de mi mejor amiga.
Continuará...
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ResponderEliminarSi puedes pásate por mi blog también.
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