-¿Sí?
-Carlota, soy yo.
-¡Dios mío! ¿por qué no me has avisado por teléfono de que ibas a venir?
-Siempre me has dicho que no es necesar...
Parpadeé varias veces ante el factor sorpresa, pues no reparé en que iba totalmente desnuda; su cuerpo estaba protegido únicamente por una fina sábana blanca que se había echado alrededor. Con todo, iba descalza y sin peinar.
-¿Estás otra vez con él?
-Sí, es un mal momento- suspiró. Sus mejillas fueron adquiriendo un color rojizo y desvió la mirada al suelo.
-¿Vengo mañana?
-¿Qué? ¿estás de broma? No, no, en seguida le hecho.
Abrí los labios para añadir algo, pero vi cómo Carlota se adelantaba y se acercaba al chico de los boxers negros que había al final del pasillo. Le puso la ropa encima de sus manos sin dejar siquiera que reaccionara, lo agarró del brazo y le atrajo hacia la entrada.
-¿Pero qué...? ¿serás zorra?
Y con esa gracia tan irritante, mi mejor amiga me adentró con ella cerrando la puerta en las narices del muchacho.
-No era necesario hacer ese número, sé esperar- le recordé.
-Qué más da, ya no era más de mi utilidad.
Reí a pesar de todo. Si no la conociera tan bien y no supiera leer las entrelíneas de su corazón, pensaría que era una manipuladora.
-Bueno, ¿qué te trae por aquí?- me preguntó en la cocina mientras sacaba dos bebidas de la nevera.
-He recibido la beca que pedí- dije sin levantar la mirada, jugueteando distraídamente con la lata.
-¡¿Qué?!
Sonreí, divertida. Creí que mi indiferencia habría pasado inadvertida, pero a Carlota no se le escapaba ni una.
-¡Eso es... eso es...!
-Lo sé- suspiré derramando involuntarias lágrimas.
Se acercó a mí y me abrazó.
-Estoy orgullosa de ti.
-Deberías haberla pedido tú también- me mordí el labio. No quería separarme de ella.
-Sabes que mi vida está aquí.
-No es verdad, te conformas con nada.
-Escúchame- me acarició el pelo- te conozco desde que éramos pequeñas y a mí nunca me ha importado. Pero tú... no puedes estarte quieta.
-Lo sé- arrugué la frente, entristecida.
-Entonces, no se hable más- me guiñó un ojo.
-Gracias por hacer que las cosas parezcan fáciles.
-Ya me conoces. Pero bueno cuéntame, ¿cuándo te vas? Porque estamos a diciembre y el curso comenzó hace tres meses.
-Lo sé, no sé por qué han tardado tanto- gemí, agobiada.
-Bueno, alguien te prestará los apuntes. Y no te preocupes, nos quedan las vacaciones de Navidad juntas por delante.
-Pero son sólo dos semanas- me quejé.
-Como si es una- sacudió su pelo enérgicamente.
-No volverá a aparecer ese chico misterioso de los boxers negros, ¿verdad?- bromeé.
Carlota puso los ojos en blanco limitándose a no entrar en la provocación.
El transcurso de los días fue pasando rápidamente, y mi mejor amiga y yo estábamos fracasando en nuestro intento de estar frías y distantes para procesar mejor lo inevitable. Y entonces, llegó la noche que jamás creía que llegaría. La noche del equipaje. ¿Cómo meter 17 años de recuerdos en una maleta? Mi madre me aconsejó que me metiera en la cama muy temprano, pero me dediqué a estrechar contra mis brazos a mis hermanos y a estar con ellos viendo álbumes familiares llenos de nuestras etapas evolutivas.
-¿Me traerás algún regalo?- preguntó de repente Daniel.
-Claro que sí, y para todos- prometí mientras dos lágrimas descendían de mis párpados y chocaban contra mis mejillas.
Fui al cuarto de baño para lavarme la cara y serenarme un poco frente al espejo. Tenía al alcance de mi mano la independencia, pero me aterraba dejar sola a mi madre enfrentándose a la vida sin mi padre.
-¿Puedo arroparte, como cuando eras niña?- dijo casualmente detrás de mí, sobresaltándome.
-Por supuesto, mamá- suspiré emocionada.
-Buenas noches, hija.
Unos finos rayos de sol atravesaron de lleno las persianas de mi habitación, y gemí acurrucándome y tapándome más. Recordé de pronto, que había vuelto a soñar con el conductor del coche rojo y con la pacífica anciana de pelo gris. Hice un último esfuerzo, pues tenía que estar varias horas antes en el aeropuerto para encontrar mi número de vuelo y la puerta de embarque. Mi hermano mayor, al estar más fornido, metió mis cosas en el maletero del coche.
El trayecto transcurrió en silencio, notándose la tensión. Cuando llegué, ladeé la cabeza en diferentes direcciones, prestando atención a los carteles que se cruzaba en mi campo de visión recordándome que quedaban menos kilómetros. Una vez dentro del avión, me amoldé el asiento y saqué mi iPod. Intenté poner la mente en blanco, pero cuando el artefacto tomó carrerilla no pude evitar acordarme de Carlota. La azafata me dio un cojín y sentí una punzada de amargura al pensar que me quedaban 45 minutos para Madrid como primera escala, y 8 horas para Nueva York como segunda.
Entre el cambio de horario y el importante jet lag que había experimentando, encontrar mis maletas enseguida sin altercados me hizo muy feliz. Salí dispuesta a coger un taxi amarillo para llevarme a la residencia de estudiantes. Las afueras ya parecían grandes de por sí, y me encogí instintivamente.
-Bienvenida a la Gran Manzana.
Un enorme puente que estábamos a punto de atravesar se alzaba ante nosotros. Con todo, se divisaron los primeros rascacielos, bañados bajo la luz de la luna.
Continuará...
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