Cuando me adapté a la luz natural de la mañana y al aviso de unos pájaros que reposaban en una rama, lo primero que vi fue el apacible rostro de Joe. Podría haber sido mi despertador, mi ventana, o incluso mi techo. Pero fue él. Las facciones ya no las tenía tensas como de costumbre. Su respiración iba acompasada con sus latidos. Descansaba boca arriba. Tenía un aspecto general más sano, pero debía seguir estabilizándose.
Fui a la cocina en busca del desayuno, pero sólo quedaban dos manzanas estropeadas. Las tiré a la basura, con el estómago exigente. De repente, la aparición de Joe me sobresaltó, esperando ser lo último que se cruzara en mi camino.
-Hola.
-Buenos días, no te había oído...
-¿Hay café?
-Lo siento- negué.
-No importa- se cruzó de hombros sacando un poco de pecho- de todas formas, he de irme.
-Pero, ¿ya? Ni siquiera puedes ir del todo erguido.
-Tengo asuntos pendientes.
-¿A las nueve y media de la mañana? Me estás evitando.
Su rostro se ensombreció, provocando la afirmación de los hechos.
-Que te vaya bien- me dio la espalda, casi con desprecio.
-¿Pero qué te has creído?- dije, incrédula- Qué rápido has vuelto a ser tú mismo.
-¿Y qué esperabas?- gruñó.
-Pues... -medité, con un nudo en la garganta.
En ese preciso momento, agachó lentamente su rostro para ponerse a mi altura, lo acercó poco a poco al mío, provocando que nuestras frentes chocaran con suavidad, y me besó con ternura. Sus cálidos labios ruborizaron los míos, haciéndolos temblar ante la intensidad que envolvían los suyos. Parpadeé perpleja, pero cerré los ojos e intenté dejarme llevar. Nos separamos un centímetro y pude notar que su aliento se había trasladado a mi oído, formando pequeñas bocanadas de aire y provocándome agradables cosquillas. Alargué la mano hacia aquel rostro que tantas veces había temido, para acariciarlo. Pareció dudar, como si le desagradara, pero no se apartó. Nuestros labios volvieron a unirse, con algo más de intensidad y dejé escapar un gemido urgente. Sus manos descendieron hasta mi cintura, rodeándola para acercar mi cuerpo contra el suyo, y así fundirlos. Apoyé mi cabeza en su hombro, y él aprovechó para presionar mi fino cuello y dejarme una marca rosácea. Suspiré en alto, sin poder evitarlo, cuando sentí sus manos, lentas pero insistentes, metiéndose en los bolsillos traseros de mi pantalón. Me puse de puntillas y le mordí el labio inferior. Nos besamos una última vez, para seguir conociéndonos, explorándonos, familiarizándonos, y grabándonos en nuestra memoria. Pero entonces, se apartó bruscamente y sin previo aviso.
-Lo último que esperaba era darte esperanzas. Te he dado este regalo, úsalo bien, porque no volverás a experimentarlo. Y ahora, te he dicho que no puedo entretenerme más.
Dio marcha atrás y cerró la puerta tan fuerte que su estructura de madera tembló. No pude mover ni un sólo músculo, únicamente podía pestañear fuerte para no dejar escapar mis lágrimas rotas. Me acurruqué contra el sofá, haciéndome un ovillo. Joe había sido el propietario de mi primer beso, me lo había robado, y ajeno al dato, me trataba como a una de sus conquistas instantáneas.
-Valiente hijo de puta- siseé en voz alta.
Alargué el brazo hacia el mando a distancia. Estaban echando ''Titanic''. Chasqueé la lengua y empecé a buscar otros canales aleatoriamente sin ningún entusiasmo.
-¿Se puede?- sonó una tímida Emily tocando con los nudillos.
-No es un buen momento- me soné con un pañuelo- márchate.
-No seas así, quiero ayudarte.
-Si insistes- suspiré, quitando el pestillo que estaba echado.
Se sentó a una distancia prudencial.
-¿Se trata de un chico?
-¿Tanto se nota?
-Un poco- admitió- aunque también estoy siempre pensando en ellos.
Sonreí débilmente a pesar de todo.
-Le conocí antes de empezar la Universidad- arrugué la frente al comprender cuánto dolía volver atrás- siempre está cometiendo estupideces graves, y en vez de dejar que se apañe con lo que se busca...
-Le salvas a él...- completó Emily.
-No sé qué debería hacer- confesé.
-¿Vino anoche, verdad? Las... las medicinas eran para el, ¿no?
Demasiado perspicaz.
-Sí.
-Tienes que encontrarle, sea cual sea el resultado, no puedes quedarte con lo que tienes dentro.
-Me siento vulnerable contra sus duras críticas, pero gracias- abracé torpemente a Emily, avergonzada- me has reconfortado... o al menos, es una forma de acercarse a la descripción.
Continuará...
.
jueves, 13 de septiembre de 2012
sábado, 18 de agosto de 2012
Capítulo 10.
Sus demacrados párpados se abrieron camino con tal dificultad que creí haberlo imaginado. De sus oscuros y peligrosos ojos, sólo quedaba una mirada llena de urgencia. Sonreí tristemente, acariciándole como pude.
-Te vas a poner bien... te vas a poner bien...- dije con un nudo en la garganta.
Joe intentó pronunciar mi nombre, pero negué enérgicamente. No quería que hiciese esfuerzos innecesarios.
-Vamos a intentar ponerte en pie, ¿de acuerdo?
Asintió, serio. Mis pequeños brazos intentaron poner en funcionamiento su cuerpo fornido, pero era demasiada carga para mí. Él se dio cuenta, y con un esfuerzo asombroso, hizo casi todo el sacrificio él. Le apoyé contra la pared para que pudiera hacer una pausa antes de la reanudación. Mis lágrimas y las gotas de lluvia eran visibles y símiles, sin poder hacer mucha cosa por diferenciarlas. No cesaban de resbalar por mis labios. Joe se quedó mirándolos, alargó un dedo y apartó mi molestia. Cuando lo hizo, su yema todavía seguía descansando en ellos. Cerré un momento los ojos, intentando pensar con frialdad. Casi podía haberse denominado ternura. Casi. Volví a abrirlos.
-Rodea mi cuello con tu brazo derecho, y yo rodearé tu cintura con mi brazo izquierdo. Te voy a llevar al hospital cueste lo que cueste.
-¡No! ¡Al hospital no!- dio un alarido, como si hubiera reaccionado.
-¿Por qué no?- fruncí el ceño.
-Es complicado- hizo una mueca- Tengo un historial que tiende a volverse en mi contra. Creerán que he sido el causante de lo que ha sucedido.
-Pero yo he sido el testigo principal, les explicaría...
-Por favor, no...- imploró.
-Está bien. Te llevaré a mi piso.
-Gracias.
Durante el trayecto, estuve pensando en si sería capaz de curarle. Y lo más importante, si sería capaz de encontrar medicinas. Mientras subía en el ascensor llevándole a cuestas, me vino la solución.
-Emily.
-¿Cómo dices?
-No hagas ruido, vive en la puerta de enfrente.
Gruñó. Probablemente por si nos veía y empezaba a hacer preguntas. Al igual que a mí, le gustaba mantener su vida privada al margen. Le senté con suavidad en el sofá, pero me di cuenta de que era estrecho e incómodo para estar tumbado. Le trasladé a mi habitación y le invité a que se acurrucara en mi cama. El hecho de haberle permitido entrar se me hacía raro. Le vi contemplar de lejos un tablón de corcho donde había colgado con anterioridad en la pared fotos de cuando era pequeña. Frunció el ceño. Parecía que volvía a ser él mismo.
-No tardaré
-Espera- me cogió del brazo obligándome a agacharme a su altura- me has salvado la vida. No lo olvidaré.
-También me la has salvado tú- susurré, conmovida.
Cruzó los hombros.
-Ahora vuelvo- insistí. Él asintió.
Toqué dos golpes secos en la puerta de madera de Emily y esperé, algo inquieta.
-¿Quién es?- preguntó, bostezando.
-Nuka- titubeé- ¿Tienes medicinas? No te lo pediría a estas horas de madrugada si no fuera importante.
-¿De qué tipo las quieres?- esta vez dejó escapar un bostezo más grande que el anterior y me sentí culpable.
-Pues... -fruncí el ceño, intentando pensar- ¿sería mucho pedir si tuvieras algodones, alcohol y Thrombocid?
-¿Para qué los quieres?
-Como te he dicho- Evité la cuestión- No te lo pediría si no fuera importante. ¿Hablamos mañana?
-Sí- concluyó, desconfiada.
-Buenas noches.
Cuando entré de nuevo, Joe se había quitado la camiseta, y en sus brazos y su espalda descansaban figuras adornadas en tinta. Entrecerré los ojos y arrugué la frente para echar la cantidad correcta.
-Pareces muy concentrada.
-Lo estoy. No quiero hacerlo mal y hacerte daño.
Pero Joe bramó sin poder contenerse cuando el algodón rozó el entorno de su piel, sus ojos, y cerca de las cejas.
-Ahora espera a que se seque. Y no mires, voy a ponerme el pijama.
-He visto a una considerable cantidad de mujeres desnudas- puso los ojos en blanco- tu cuerpo no va a ser una caja de sorpresas.
Sin embargo, mientras buscaba en los cajones, sentí su curiosidad clavada en mí y se me aceleró el corazón.
-Si vas a hacer trampas...
-Entendido.
Me desnudé rápidamente con desconfianza pese a que esta vez le tenía vigilado. Joe sabía cómo evaluar mi nerviosismo.
-Qué extraño conjunto- Comentó Joe, decepcionado.
-¿Qué tiene de malo una camiseta y un pantalón largo de Betty Boop?
-Normalmente estoy acostumbrado a la lencería, ya sabes.
Hice caso omiso a su crítica y me tumbé junto a él, pero intentando separarme al máximo.
-No hace falta que hagas eso. El invitado soy yo.
-Y el enfermo- Objeté.
-Tonterías, ven.
Lo reconsideré demasiado.
-¿Te asusto?
-Un poco.
Me acercó a él y jugueteé con los dedos de su mano, nerviosa.
-Estoy cansada- admití.
-Lo suponía- no había rencor- Yo también lo estoy.
-Buenas noches, Joe- dije, estudiando sus ojos negros como el fondo de un pozo, uno que me hacía sentir hipnotizada.
-Buenas noches, pequeña.
Continuará...
-Te vas a poner bien... te vas a poner bien...- dije con un nudo en la garganta.
Joe intentó pronunciar mi nombre, pero negué enérgicamente. No quería que hiciese esfuerzos innecesarios.
-Vamos a intentar ponerte en pie, ¿de acuerdo?
Asintió, serio. Mis pequeños brazos intentaron poner en funcionamiento su cuerpo fornido, pero era demasiada carga para mí. Él se dio cuenta, y con un esfuerzo asombroso, hizo casi todo el sacrificio él. Le apoyé contra la pared para que pudiera hacer una pausa antes de la reanudación. Mis lágrimas y las gotas de lluvia eran visibles y símiles, sin poder hacer mucha cosa por diferenciarlas. No cesaban de resbalar por mis labios. Joe se quedó mirándolos, alargó un dedo y apartó mi molestia. Cuando lo hizo, su yema todavía seguía descansando en ellos. Cerré un momento los ojos, intentando pensar con frialdad. Casi podía haberse denominado ternura. Casi. Volví a abrirlos.
-Rodea mi cuello con tu brazo derecho, y yo rodearé tu cintura con mi brazo izquierdo. Te voy a llevar al hospital cueste lo que cueste.
-¡No! ¡Al hospital no!- dio un alarido, como si hubiera reaccionado.
-¿Por qué no?- fruncí el ceño.
-Es complicado- hizo una mueca- Tengo un historial que tiende a volverse en mi contra. Creerán que he sido el causante de lo que ha sucedido.
-Pero yo he sido el testigo principal, les explicaría...
-Por favor, no...- imploró.
-Está bien. Te llevaré a mi piso.
-Gracias.
Durante el trayecto, estuve pensando en si sería capaz de curarle. Y lo más importante, si sería capaz de encontrar medicinas. Mientras subía en el ascensor llevándole a cuestas, me vino la solución.
-Emily.
-¿Cómo dices?
-No hagas ruido, vive en la puerta de enfrente.
Gruñó. Probablemente por si nos veía y empezaba a hacer preguntas. Al igual que a mí, le gustaba mantener su vida privada al margen. Le senté con suavidad en el sofá, pero me di cuenta de que era estrecho e incómodo para estar tumbado. Le trasladé a mi habitación y le invité a que se acurrucara en mi cama. El hecho de haberle permitido entrar se me hacía raro. Le vi contemplar de lejos un tablón de corcho donde había colgado con anterioridad en la pared fotos de cuando era pequeña. Frunció el ceño. Parecía que volvía a ser él mismo.
-No tardaré
-Espera- me cogió del brazo obligándome a agacharme a su altura- me has salvado la vida. No lo olvidaré.
-También me la has salvado tú- susurré, conmovida.
Cruzó los hombros.
-Ahora vuelvo- insistí. Él asintió.
Toqué dos golpes secos en la puerta de madera de Emily y esperé, algo inquieta.
-¿Quién es?- preguntó, bostezando.
-Nuka- titubeé- ¿Tienes medicinas? No te lo pediría a estas horas de madrugada si no fuera importante.
-¿De qué tipo las quieres?- esta vez dejó escapar un bostezo más grande que el anterior y me sentí culpable.
-Pues... -fruncí el ceño, intentando pensar- ¿sería mucho pedir si tuvieras algodones, alcohol y Thrombocid?
-¿Para qué los quieres?
-Como te he dicho- Evité la cuestión- No te lo pediría si no fuera importante. ¿Hablamos mañana?
-Sí- concluyó, desconfiada.
-Buenas noches.
Cuando entré de nuevo, Joe se había quitado la camiseta, y en sus brazos y su espalda descansaban figuras adornadas en tinta. Entrecerré los ojos y arrugué la frente para echar la cantidad correcta.
-Pareces muy concentrada.
-Lo estoy. No quiero hacerlo mal y hacerte daño.
Pero Joe bramó sin poder contenerse cuando el algodón rozó el entorno de su piel, sus ojos, y cerca de las cejas.
-Ahora espera a que se seque. Y no mires, voy a ponerme el pijama.
-He visto a una considerable cantidad de mujeres desnudas- puso los ojos en blanco- tu cuerpo no va a ser una caja de sorpresas.
Sin embargo, mientras buscaba en los cajones, sentí su curiosidad clavada en mí y se me aceleró el corazón.
-Si vas a hacer trampas...
-Entendido.
Me desnudé rápidamente con desconfianza pese a que esta vez le tenía vigilado. Joe sabía cómo evaluar mi nerviosismo.
-Qué extraño conjunto- Comentó Joe, decepcionado.
-¿Qué tiene de malo una camiseta y un pantalón largo de Betty Boop?
-Normalmente estoy acostumbrado a la lencería, ya sabes.
Hice caso omiso a su crítica y me tumbé junto a él, pero intentando separarme al máximo.
-No hace falta que hagas eso. El invitado soy yo.
-Y el enfermo- Objeté.
-Tonterías, ven.
Lo reconsideré demasiado.
-¿Te asusto?
-Un poco.
Me acercó a él y jugueteé con los dedos de su mano, nerviosa.
-Estoy cansada- admití.
-Lo suponía- no había rencor- Yo también lo estoy.
-Buenas noches, Joe- dije, estudiando sus ojos negros como el fondo de un pozo, uno que me hacía sentir hipnotizada.
-Buenas noches, pequeña.
Continuará...
Capítulo 9.
Había contenedores repletos de basura, el aire que se respiraba era nauseabundo, y dos sombras se iban aproximando poco a poco hacia la pared donde me había apoyado para retomar el ritmo. Seguía desorientada, pero comprendí que no se trataba de Joe y de que era demasiado tarde. Uno de los tipos, soltó una risita peligrosa. Me erguí deprisa, pero el otro se había puesto justo enfrente mía, con una pequeña navaja.
-Tengo... tengo... dinero- susurré, con los labios temblorosos.
-No nos interesa tu dinero.
-Parece que hoy no es tu día de suerte- añadió el otro, con seriedad.
Mi rostro palideció e intenté huir, pero uno me retuvo cogiéndome del brazo y otro jugueteó con la navaja contra mi cuello, haciendo círculos sobre él. Noté un pinchazo, como si el arma blanca se hubiera introducido en mi piel, y reprimí un gemido.
-Si intentas algo, te mataremos.
Aquella amenaza llegó muy dentro de mi subconsciente, y comprendí que es lo que harían. No pude evitar dejar caer un par de lágrimas indiscretas.
-Por fa...vor... -supliqué.
-Por fa...vor... -me imitaron cruelmente.
De repente empezó a llover, transformando el agua en barro.
-Qué más da, un propósito es un propósito.
El más alto comenzó a acariciarme un muslo de abajo arriba, pero con la brusquedad que supuse que le caracterizaría. El otro besaba mi mandíbula con lascividad. Volví a sollozar cuando metieron la mano por debajo de mi camiseta calada, hasta llegar a la copa de mi sujetador.
-Nadie puede salvarte, ¿lo entiendes?- me dijo uno de ellos, descendiendo esta vez para llegar a mi ropa interior por debajo de los pantalones- nadie.
Entonces, ladeé la mirada hacia un lado, pensando que había sido un producto de mi imaginación el gruñido que había escuchado. Pero no lo era, la imagen era nítida y real. Joe nos miraba intensamente. Al igual que nosotros, estaba absolutamente empapado, y sujetaba un periódico en una mano para protegerse la cabeza. Con todo, las venas del cuello las tenía marcadas, muy marcadas. Probablemente de lo irritado que se sentiría. Mis atacantes dieron un respingo al ver la silueta de Joe.
-Márchate, márchate- bramaron al unísono.
Pero el hombre de baja estatura cometió el error de retroceder un poco, inseguro. Aproveché para deshacerme de ellos entre empujones. Corrí hacia Joe como nunca había hecho, y él hizo lo mismo. La carrera fue corta y nos fundimos en un abrazo. Me puse a gritar con histerismo por el alivio; sentía que estaba a salvo. Él me rodeó de la cintura firmemente, probablemente para sentir lo mismo. No obstante y con los titubeos a un lado, los violadores hicieron una segunda muestra de sus navajas. Joe comprendió que tenía que enfrentarse a ellos, o de lo contrario nos perseguirían y me llevarían con ellos. Adiviné su decisión.
-Joe, vámonos... vámonos...- los dientes me castañearon con decisión, fruto de una posible hipotermia.
Pero se separó de mí con valentía y fue avanzando hacia ellos.
-¡No!- me volví a negar.
Lamentablemente, uno de los hombres le hizo una llave, dejandole los brazos inutilizados. El otro, levantó una pierna en alto para propinarle una patada en la entrepierna. Joe abrió mucho los ojos y su tez se volvió rojiza. Jadeó costosamente y tembló, todavía atrapado. El compañero, insatisfecho con la labor del otro, cerró el puño y le pegó un puñetazo, dos, tres, hasta dejarle la cara irreconocible y llena de cardenales.
-Has sido cabezota, muy cabezota- puntualizaron, agarrándole fuerte del pelo y rompiéndole la nariz con un nuevo golpe.
Joe cayó al suelo, vencido. Cuando su cuerpo chocó contra el duro suelo, varios objetos salieron despedidos de sus bolsillos. Entre ellos, una pistola. Los dos hombres y yo nos miramos y fuimos a la vez hacia el arma. Afortunadamente, conseguí cogerla yo. Retrocedí prudentemente y poniéndola en alto.
-No os mováis.
-No seas ridícula...
-No creo que lo sea- y cargué la pistola. En aquella ocasión palidecieron.
-Largaros- dije, apretando los dientes- largaros y prometo no denunciaros. De lo contrario, compraré flores con tarjetas para vuestras familias.
Los dos acosadores no se lo pensaron dos veces y se perdieron poco a poco entre las sombras. Tiré la pistola al suelo, asustada de mi intervención. Tiritando y con la tormenta a mis espaldas, me agaché hacia el cuerpo de Joe.
Continuará...
-Tengo... tengo... dinero- susurré, con los labios temblorosos.
-No nos interesa tu dinero.
-Parece que hoy no es tu día de suerte- añadió el otro, con seriedad.
Mi rostro palideció e intenté huir, pero uno me retuvo cogiéndome del brazo y otro jugueteó con la navaja contra mi cuello, haciendo círculos sobre él. Noté un pinchazo, como si el arma blanca se hubiera introducido en mi piel, y reprimí un gemido.
-Si intentas algo, te mataremos.
Aquella amenaza llegó muy dentro de mi subconsciente, y comprendí que es lo que harían. No pude evitar dejar caer un par de lágrimas indiscretas.
-Por fa...vor... -supliqué.
-Por fa...vor... -me imitaron cruelmente.
De repente empezó a llover, transformando el agua en barro.
-Qué más da, un propósito es un propósito.
El más alto comenzó a acariciarme un muslo de abajo arriba, pero con la brusquedad que supuse que le caracterizaría. El otro besaba mi mandíbula con lascividad. Volví a sollozar cuando metieron la mano por debajo de mi camiseta calada, hasta llegar a la copa de mi sujetador.
-Nadie puede salvarte, ¿lo entiendes?- me dijo uno de ellos, descendiendo esta vez para llegar a mi ropa interior por debajo de los pantalones- nadie.
Entonces, ladeé la mirada hacia un lado, pensando que había sido un producto de mi imaginación el gruñido que había escuchado. Pero no lo era, la imagen era nítida y real. Joe nos miraba intensamente. Al igual que nosotros, estaba absolutamente empapado, y sujetaba un periódico en una mano para protegerse la cabeza. Con todo, las venas del cuello las tenía marcadas, muy marcadas. Probablemente de lo irritado que se sentiría. Mis atacantes dieron un respingo al ver la silueta de Joe.
-Márchate, márchate- bramaron al unísono.
Pero el hombre de baja estatura cometió el error de retroceder un poco, inseguro. Aproveché para deshacerme de ellos entre empujones. Corrí hacia Joe como nunca había hecho, y él hizo lo mismo. La carrera fue corta y nos fundimos en un abrazo. Me puse a gritar con histerismo por el alivio; sentía que estaba a salvo. Él me rodeó de la cintura firmemente, probablemente para sentir lo mismo. No obstante y con los titubeos a un lado, los violadores hicieron una segunda muestra de sus navajas. Joe comprendió que tenía que enfrentarse a ellos, o de lo contrario nos perseguirían y me llevarían con ellos. Adiviné su decisión.
-Joe, vámonos... vámonos...- los dientes me castañearon con decisión, fruto de una posible hipotermia.
Pero se separó de mí con valentía y fue avanzando hacia ellos.
-¡No!- me volví a negar.
Lamentablemente, uno de los hombres le hizo una llave, dejandole los brazos inutilizados. El otro, levantó una pierna en alto para propinarle una patada en la entrepierna. Joe abrió mucho los ojos y su tez se volvió rojiza. Jadeó costosamente y tembló, todavía atrapado. El compañero, insatisfecho con la labor del otro, cerró el puño y le pegó un puñetazo, dos, tres, hasta dejarle la cara irreconocible y llena de cardenales.
-Has sido cabezota, muy cabezota- puntualizaron, agarrándole fuerte del pelo y rompiéndole la nariz con un nuevo golpe.
Joe cayó al suelo, vencido. Cuando su cuerpo chocó contra el duro suelo, varios objetos salieron despedidos de sus bolsillos. Entre ellos, una pistola. Los dos hombres y yo nos miramos y fuimos a la vez hacia el arma. Afortunadamente, conseguí cogerla yo. Retrocedí prudentemente y poniéndola en alto.
-No os mováis.
-No seas ridícula...
-No creo que lo sea- y cargué la pistola. En aquella ocasión palidecieron.
-Largaros- dije, apretando los dientes- largaros y prometo no denunciaros. De lo contrario, compraré flores con tarjetas para vuestras familias.
Los dos acosadores no se lo pensaron dos veces y se perdieron poco a poco entre las sombras. Tiré la pistola al suelo, asustada de mi intervención. Tiritando y con la tormenta a mis espaldas, me agaché hacia el cuerpo de Joe.
Continuará...
viernes, 17 de agosto de 2012
Capítulo 8.
-Eh muñeca, ¿te apetece jugar?
Me di la vuelta, con las lágrimas secas y un clínex arrugado.
En realidad no era asunto mío. Él tenía 34 años, yo 17. Él era impulsivo, violento, egoísta e insensible. Yo era sensata, creía en el diálogo, y por extensión, en los valores de los cuales él carecía. No teníamos nada que ver el uno con el otro. En definitiva, no nos entendíamos. ¿Entonces, por qué reaccionaba así? ¿Para confundirle y hacerle creer que la teoría de que las mujeres no sabemos lo que queremos es cierta? No, desde luego. No estábamos juntos. No me pertenecía. Sin embargo, yo llevaba la razón en algo, y es que me había dejado tirada por otra cuando había quedado conmigo. Algo que me suele irritar profundamente.
-No, gracias.
-Va, no seas tonta- insistió el anterior individuo.
-He dicho que...-entonces divisé dos cosas; que el chico presumía de un indudable atractivo y que Joe y la mujer ya habían terminado y estaba empezando a buscarme- he dicho que sí, ¿verdad?- le sonreí. Él me sonrió a su vez.
-Acompáñame.
El hecho de querer darle celos para vengarme, podía costarme muy caro. No conocía a aquel desconocido, que rondaría mi edad. Ni siquiera la postura que estaba tomando con él era mi estilo.
-Mmm...- ronroneó, respirando contra mi pelo.
Le aparté con suavidad, pero sin restar firmeza.
-¿No íbamos a jugar?
-¿Y no es lo que estamos haciendo?
-Lo siento, no me interesa.
-No me cabrees.
Yo no, pero Joe sí. Mi maldito Joe. Le vi acercarse sólo y con una expresión de locura contenida. Y así sin más, con esa gracia tan natural, irritante y suya, llegó hasta nosotros y le dio un empujón fuerte.
-¿Qué cojones haces?
-Está conmigo- aclaró, haciéndome ademán de que me pusiera detrás de él.
-Mentira, te he visto con una pelirroja- y le devolvió un empujón todavía más violento, que provocó que hiciera retroceder a Joe y estar a punto de perder el equilibrio.
Él le miró cegado de odio y le propinó un puñetazo. Parpadeé perpleja y solté un gemido. El joven acarició su mejilla izquierda y notó que le brotaba sangre. Cerró el puño y le imitó, pero propinándoselo en el estómago. Él jadeó, intentando que no fluyera el dolor en público. Se mantuvo estable más o menos.
-¡Basta!- grité, y me puse en medio, exponiéndome al peligro.
-Quítate- me advirtió el chico misterioso.
-Ni hablar.
Cerró los ojos, fastidiado.
-¿Estás realmente con él?
-Sí.
-Podrías haberme avisado, realmente me llamabas la atención.
Me encogí de brazos.
-Es lo que intentaba decirte antes.
-Está bien, pero como vuelva a ver a tu novio por aquí, no saldrá vivo.
-¿Cómo me matarás? ¿Eh? ¿Cómo?- rugió Joe.
-Sin problemas, la camarera y yo no hemos hecho buenas migas.
-De acuerdo- dijo, interrumpiendo su profunda reflexión- Cuídate, muñeca.
-¿Muñeca?- escupió Joe, perplejo.
El otro muchacho le lanzó una mirada de desprecio y se fue. Yo hice lo mismo, dejando a Joe atrás y buscando la salida. Pero me alcanzó en seguida.
-¡Eh! ¡Eh! ¿Estás bien?- me preguntó.
-Sí- dije con frialdad- ¿Y tú?
-No, me ha golpeado pero bien...
-La pelea la empezaste tú- le recordé, sin apoyarle.
-Nuka, se estaba intentando aprovechar de ti- zanjó.
-Bueno, eso era asunto mío.
-Y mío, tú estabas conmigo.
-No Joe, la mujer pelirroja estaba contigo.
-Ah, nos has visto...
-Pues sí, resulta que tengo ojos.
-Bueno- aclaró incómodo- ha sido una necesidad de última hora.
-Bien, pues mi necesidad va a ser no volver a verte.
-¿Pero por qué?
-Porque me has dejado sola en la barra para irte a practicar sexo con una desconocida mientras la camarera me insinuaba que no eres un desperdicio en la misma materia.
-Lo siento...
-¿En qué mundo vives, Joe?
-Oye, no eres mi padre. No me des la charla.
Aquello me hirió profundamente.
-Como quieras- dejé escapar un minúsculo sollozo- pero entonces tú tampoco me la des a mí.
-Es distinto.
-Vete al infierno.
Hice ademán de doblar la esquina, pero entonces Joe susurró:
-No te vayas...
-Lo has estropeado.
-Sé que querías que todo hubiera terminado donde lo habíamos dejado. Pero qué quieres que haga, no me arrepiento.
-Hijo de puta.
-No me llames así- apretó los dientes.
Eché a correr, pero él me siguió, y cada vez notaba que sus pisadas estaban más próximas a las mías. Por suerte, conseguí burlarle escondiéndome a un callejón oscuro. Pero estaba sin salida.
Continuará...
Me di la vuelta, con las lágrimas secas y un clínex arrugado.
En realidad no era asunto mío. Él tenía 34 años, yo 17. Él era impulsivo, violento, egoísta e insensible. Yo era sensata, creía en el diálogo, y por extensión, en los valores de los cuales él carecía. No teníamos nada que ver el uno con el otro. En definitiva, no nos entendíamos. ¿Entonces, por qué reaccionaba así? ¿Para confundirle y hacerle creer que la teoría de que las mujeres no sabemos lo que queremos es cierta? No, desde luego. No estábamos juntos. No me pertenecía. Sin embargo, yo llevaba la razón en algo, y es que me había dejado tirada por otra cuando había quedado conmigo. Algo que me suele irritar profundamente.
-No, gracias.
-Va, no seas tonta- insistió el anterior individuo.
-He dicho que...-entonces divisé dos cosas; que el chico presumía de un indudable atractivo y que Joe y la mujer ya habían terminado y estaba empezando a buscarme- he dicho que sí, ¿verdad?- le sonreí. Él me sonrió a su vez.
-Acompáñame.
El hecho de querer darle celos para vengarme, podía costarme muy caro. No conocía a aquel desconocido, que rondaría mi edad. Ni siquiera la postura que estaba tomando con él era mi estilo.
-Mmm...- ronroneó, respirando contra mi pelo.
Le aparté con suavidad, pero sin restar firmeza.
-¿No íbamos a jugar?
-¿Y no es lo que estamos haciendo?
-Lo siento, no me interesa.
-No me cabrees.
Yo no, pero Joe sí. Mi maldito Joe. Le vi acercarse sólo y con una expresión de locura contenida. Y así sin más, con esa gracia tan natural, irritante y suya, llegó hasta nosotros y le dio un empujón fuerte.
-¿Qué cojones haces?
-Está conmigo- aclaró, haciéndome ademán de que me pusiera detrás de él.
-Mentira, te he visto con una pelirroja- y le devolvió un empujón todavía más violento, que provocó que hiciera retroceder a Joe y estar a punto de perder el equilibrio.
Él le miró cegado de odio y le propinó un puñetazo. Parpadeé perpleja y solté un gemido. El joven acarició su mejilla izquierda y notó que le brotaba sangre. Cerró el puño y le imitó, pero propinándoselo en el estómago. Él jadeó, intentando que no fluyera el dolor en público. Se mantuvo estable más o menos.
-¡Basta!- grité, y me puse en medio, exponiéndome al peligro.
-Quítate- me advirtió el chico misterioso.
-Ni hablar.
Cerró los ojos, fastidiado.
-¿Estás realmente con él?
-Sí.
-Podrías haberme avisado, realmente me llamabas la atención.
Me encogí de brazos.
-Es lo que intentaba decirte antes.
-Está bien, pero como vuelva a ver a tu novio por aquí, no saldrá vivo.
-¿Cómo me matarás? ¿Eh? ¿Cómo?- rugió Joe.
-Sin problemas, la camarera y yo no hemos hecho buenas migas.
-De acuerdo- dijo, interrumpiendo su profunda reflexión- Cuídate, muñeca.
-¿Muñeca?- escupió Joe, perplejo.
El otro muchacho le lanzó una mirada de desprecio y se fue. Yo hice lo mismo, dejando a Joe atrás y buscando la salida. Pero me alcanzó en seguida.
-¡Eh! ¡Eh! ¿Estás bien?- me preguntó.
-Sí- dije con frialdad- ¿Y tú?
-No, me ha golpeado pero bien...
-La pelea la empezaste tú- le recordé, sin apoyarle.
-Nuka, se estaba intentando aprovechar de ti- zanjó.
-Bueno, eso era asunto mío.
-Y mío, tú estabas conmigo.
-No Joe, la mujer pelirroja estaba contigo.
-Ah, nos has visto...
-Pues sí, resulta que tengo ojos.
-Bueno- aclaró incómodo- ha sido una necesidad de última hora.
-Bien, pues mi necesidad va a ser no volver a verte.
-¿Pero por qué?
-Porque me has dejado sola en la barra para irte a practicar sexo con una desconocida mientras la camarera me insinuaba que no eres un desperdicio en la misma materia.
-Lo siento...
-¿En qué mundo vives, Joe?
-Oye, no eres mi padre. No me des la charla.
Aquello me hirió profundamente.
-Como quieras- dejé escapar un minúsculo sollozo- pero entonces tú tampoco me la des a mí.
-Es distinto.
-Vete al infierno.
Hice ademán de doblar la esquina, pero entonces Joe susurró:
-No te vayas...
-Lo has estropeado.
-Sé que querías que todo hubiera terminado donde lo habíamos dejado. Pero qué quieres que haga, no me arrepiento.
-Hijo de puta.
-No me llames así- apretó los dientes.
Eché a correr, pero él me siguió, y cada vez notaba que sus pisadas estaban más próximas a las mías. Por suerte, conseguí burlarle escondiéndome a un callejón oscuro. Pero estaba sin salida.
Continuará...
Capítulo 7.
Mi actitud era enmudecida. Me sentía tensa, clavándome las uñas en la piel. Él se dio cuenta y puso los ojos en blanco.
-No te voy a morder.
-Si tú lo dices.
Llegamos a un local grande con luces de color llamativo en el cartel. Me descolocaron y arrugué los ojos momentáneamente. Aquello estaba lleno de humo, alcohol, gritos, billares y futbolines. Joe hizo un gesto de ir a la barra y me cogió de la mano para no perderme entre la multitud. Lo hizo justificadamente, pero no pude evitar que mis mejillas se tiñeran, avergonzadas. Me di cuenta de que sus manos estaban frías como un témpano de hielo.
-¿Qué te apetece tomar?
-Estoy bien así.
-Vamos, invito yo.
-Está bien... un mojito.
-Dos, por favor.
Un hombre calvo, de ojos azules y estatura mediana nos atendió. Mientras esperábamos el pedido, jugueteé con una caja de pajitas que había próximo a nosotros. Cogí una de ellas, y mordí el extremo distraídamente.
Temía divisar a gente conocida y el cómo podía afectarles vernos salir como amigos. ¿Denuncia? ¿Despido? Pero él y yo ya nos habíamos conocido y ya estábamos involucrados.
-¿Sigo disgustándote?
-Ya no- reconocí- pero ya está, te perdono por los daños ocasionados, no hace falta que hagas todo esto.
-¿Y si quiero hacerlo?
-Oh.
-Mírame.
Su pequeña exigencia me obligó a enfrentarme a su intensidad ardiente y sofocadora.
-¿En qué piensas?
Lo que faltaba.
-En nada particular.
-Mientes fatal.
-Has sonado exactamente igual que mi madre.
-Podríamos hablar de ella, de ti.
-¿Lo pondrás en mi expediente académico?
-No, esto es confidencial- cruzó los brazos, sin haber llegado a entender del todo la broma.
Mi cabeza empezó a trabajar sin parar. Mientras, él daba pequeños sorbos a su bebida. Vi que pensaba para sí mismo, misterioso, como si sacara sus propias conclusiones.
-Jacqueline, ¿nos puedes retirar esto?-llamó a una camarera. El otro hombre había acabado su turno de noche.
-Enseguida cielo- guiñó un ojo a Joe, insinuantemente.
-Le has gustado a la camarera- puntualicé
-Me acosté una vez con ella- dijo con tono casual.
Me atraganté.
-Voy al baño- informó- ¿quieres que nos quedemos un poco más o...?
-Sí, por favor.
-Ahora vuelvo- alzó una mano y pellizcó mi pómulo derecho- Nuka.
En cuanto se dio la vuelta, rememoricé su gesto dulce.
-La cuenta- me sobresaltó Jacqueline.
-Un momento, estoy esperando...- ladeé la cabeza, pero no le encontré.
-¿A Joe?
-Sí- respondí molesta al recordar la confianza que había existido entre ellos.
-Es un buen tipo- comentó- muy bueno- sonrió tontamente.
-Lo sé- apreté la mandíbula.
-Pero creo que eres un poco pequeña para él, corazón.
Iba a aclarar que no existía nada entre nosotros, pero no me gustó que me me pillara indefensa.
-No te lo niego. Pero quizá ya no se acuesta contigo porque eres un poco mayor para él. Eso es peor, ¿no crees?
-¡Serás zorra!- hizo ademán de cogerme del pelo, pero en un acto-reflejo conseguí apartarme de la barra a tiempo.
-Pagaré yo misma la cuenta- le corté, deseando ir ahora en buscar de Joe.
-Espero no volver a verte por aquí.
-Te falta añadir que no te gustan los forasteros.
Crucé con gran paciencia la zona más abarrotada, pero no podía evitar seguir desorientada. Cuando divisé a lo lejos los baños masculinos, una gran ola de humo me hizo toser y detenerme un rato. Alcé una mano para apartarlo de mi vista. Cuando lo hice, le vi. Bueno, les vi. Joe acababa de salir del baño y estaba hablando con una mujer pelirroja, de ojos verdes, tez bronceada y con curvas. Ella le estaba dando algo, un papelito usado. Joe lo leyó y sonrió guardándolo en su bolsillo, probablemente era su número de teléfono. De repente, ella le besó apasionadamente y él le correspondió, arrimando y restregando su cuerpo contra el suyo. La misteriosa mujer le susurró algo su oído para que sólo pudiera oírlo Joe. Él asintió haciendo una mueca de deliciosa aprobación, se cogieron de la mano y se adentraron en los baños de mujeres. Entonces, me di cuenta de que mis ojos estaban muy húmedos.
Continuará...
-No te voy a morder.
-Si tú lo dices.
Llegamos a un local grande con luces de color llamativo en el cartel. Me descolocaron y arrugué los ojos momentáneamente. Aquello estaba lleno de humo, alcohol, gritos, billares y futbolines. Joe hizo un gesto de ir a la barra y me cogió de la mano para no perderme entre la multitud. Lo hizo justificadamente, pero no pude evitar que mis mejillas se tiñeran, avergonzadas. Me di cuenta de que sus manos estaban frías como un témpano de hielo.
-¿Qué te apetece tomar?
-Estoy bien así.
-Vamos, invito yo.
-Está bien... un mojito.
-Dos, por favor.
Un hombre calvo, de ojos azules y estatura mediana nos atendió. Mientras esperábamos el pedido, jugueteé con una caja de pajitas que había próximo a nosotros. Cogí una de ellas, y mordí el extremo distraídamente.
Temía divisar a gente conocida y el cómo podía afectarles vernos salir como amigos. ¿Denuncia? ¿Despido? Pero él y yo ya nos habíamos conocido y ya estábamos involucrados.
-¿Sigo disgustándote?
-Ya no- reconocí- pero ya está, te perdono por los daños ocasionados, no hace falta que hagas todo esto.
-¿Y si quiero hacerlo?
-Oh.
-Mírame.
Su pequeña exigencia me obligó a enfrentarme a su intensidad ardiente y sofocadora.
-¿En qué piensas?
Lo que faltaba.
-En nada particular.
-Mientes fatal.
-Has sonado exactamente igual que mi madre.
-Podríamos hablar de ella, de ti.
-¿Lo pondrás en mi expediente académico?
-No, esto es confidencial- cruzó los brazos, sin haber llegado a entender del todo la broma.
Mi cabeza empezó a trabajar sin parar. Mientras, él daba pequeños sorbos a su bebida. Vi que pensaba para sí mismo, misterioso, como si sacara sus propias conclusiones.
-Jacqueline, ¿nos puedes retirar esto?-llamó a una camarera. El otro hombre había acabado su turno de noche.
-Enseguida cielo- guiñó un ojo a Joe, insinuantemente.
-Le has gustado a la camarera- puntualicé
-Me acosté una vez con ella- dijo con tono casual.
Me atraganté.
-Voy al baño- informó- ¿quieres que nos quedemos un poco más o...?
-Sí, por favor.
-Ahora vuelvo- alzó una mano y pellizcó mi pómulo derecho- Nuka.
En cuanto se dio la vuelta, rememoricé su gesto dulce.
-La cuenta- me sobresaltó Jacqueline.
-Un momento, estoy esperando...- ladeé la cabeza, pero no le encontré.
-¿A Joe?
-Sí- respondí molesta al recordar la confianza que había existido entre ellos.
-Es un buen tipo- comentó- muy bueno- sonrió tontamente.
-Lo sé- apreté la mandíbula.
-Pero creo que eres un poco pequeña para él, corazón.
Iba a aclarar que no existía nada entre nosotros, pero no me gustó que me me pillara indefensa.
-No te lo niego. Pero quizá ya no se acuesta contigo porque eres un poco mayor para él. Eso es peor, ¿no crees?
-¡Serás zorra!- hizo ademán de cogerme del pelo, pero en un acto-reflejo conseguí apartarme de la barra a tiempo.
-Pagaré yo misma la cuenta- le corté, deseando ir ahora en buscar de Joe.
-Espero no volver a verte por aquí.
-Te falta añadir que no te gustan los forasteros.
Crucé con gran paciencia la zona más abarrotada, pero no podía evitar seguir desorientada. Cuando divisé a lo lejos los baños masculinos, una gran ola de humo me hizo toser y detenerme un rato. Alcé una mano para apartarlo de mi vista. Cuando lo hice, le vi. Bueno, les vi. Joe acababa de salir del baño y estaba hablando con una mujer pelirroja, de ojos verdes, tez bronceada y con curvas. Ella le estaba dando algo, un papelito usado. Joe lo leyó y sonrió guardándolo en su bolsillo, probablemente era su número de teléfono. De repente, ella le besó apasionadamente y él le correspondió, arrimando y restregando su cuerpo contra el suyo. La misteriosa mujer le susurró algo su oído para que sólo pudiera oírlo Joe. Él asintió haciendo una mueca de deliciosa aprobación, se cogieron de la mano y se adentraron en los baños de mujeres. Entonces, me di cuenta de que mis ojos estaban muy húmedos.
Continuará...
Capítulo 6.
-Ya nos conocíamos- replicó Joe
Bajé la cabeza, avergonzada. El hecho de que hubiéramos tratado fuera de aquellos muros podía suponer un problema para el departamento de decanos. Sin embargo, a Joe no parecía importarle. No dejaba de mirarme con curiosidad.
-Bueno, tengo que hacer la comida, así que... te recojo mañana, Nuka.
-Mañana es sábado, Emily- puntualicé. Al parecer, no era la única que deseaba huir de la escena
-Ah, sí. Bueno pues... ya quedaremos. Adiós.
-Adiós.
Nos quedamos distraídos, viendo como Emily se difundía entre las sombras.
-¿Qué haces aquí?- fruncí el ceño.
-Trabajo aquí- dijo con algo de prepotencia.
-Pero yo no quiero que lo hagas- apreté la mandíbula- estuviste a punto de matarme y luego perdiste los modales conmigo.
-De acuerdo, no he hecho más que torcerlo. Pero podría arreglarse- dijo con una mirada intensa- ¿Te apetece tomar algo esta noche?
-Soy tu alumna- respondí seca. No obstante, se me puso la piel de gallina, sin saber exactamente por qué.
-Sólo lo eres los miércoles y viernes.
-Con que vas de listo. Muy bien, recógeme en tu máquina de matar.
-¿Dónde vives?- frunció el ceño, ignorando mi sarcasmo.
-Eso tendrás que adivinarlo- y me giré, sin darle un apretón de manos.
Aquella tarde me desplacé hacia Brooklyn, pasando por el puente, para disfrutar de los dotes artísticos de mi réflex. Desde dicha lejanía, se permitía divisar tantas vistas de rascacielos de Manhattan como quisiera, y quería captar cada meticuloso detalle. Sentí que mi cuerpo emanaba libertad, y eso me hacía sentir fuerte.
Cuando las agujas me recordaron mi compromiso, retrocedí. Afortunadamente, tenía que limitarme a esperar en el portal, pues ya iba arreglada. Me miré en un espejo largo del pasillo, cerca de los buzones. Una camiseta gris de Led Zeppelin y unos vaqueros cortos me representaban de manera sencilla. No tuve que desesperarme necesariamente, pues Joe apareció pronto, abriéndome el asiento de copiloto y aparcando en segunda fila. Le estudié. Era la segunda vez que presenciaba su estilo informal, restando su etiqueta exigida en la facultad. Llevaba unos pitillos ajustados y una camiseta blanca rasgada por ambos lados, probablemente se la habría diseñado él mismo. Con todo, un cigarrillo encendido de Malboro descansaba apaciblemente en sus labios. Y de vez en cuando, inhalaba y soltaba el aire con suavidad en pequeñas bocanadas. Me mordí el labio con disimulo.
-Adentrate conmigo- me invitó.
Continuará...
Bajé la cabeza, avergonzada. El hecho de que hubiéramos tratado fuera de aquellos muros podía suponer un problema para el departamento de decanos. Sin embargo, a Joe no parecía importarle. No dejaba de mirarme con curiosidad.
-Bueno, tengo que hacer la comida, así que... te recojo mañana, Nuka.
-Mañana es sábado, Emily- puntualicé. Al parecer, no era la única que deseaba huir de la escena
-Ah, sí. Bueno pues... ya quedaremos. Adiós.
-Adiós.
Nos quedamos distraídos, viendo como Emily se difundía entre las sombras.
-¿Qué haces aquí?- fruncí el ceño.
-Trabajo aquí- dijo con algo de prepotencia.
-Pero yo no quiero que lo hagas- apreté la mandíbula- estuviste a punto de matarme y luego perdiste los modales conmigo.
-De acuerdo, no he hecho más que torcerlo. Pero podría arreglarse- dijo con una mirada intensa- ¿Te apetece tomar algo esta noche?
-Soy tu alumna- respondí seca. No obstante, se me puso la piel de gallina, sin saber exactamente por qué.
-Sólo lo eres los miércoles y viernes.
-Con que vas de listo. Muy bien, recógeme en tu máquina de matar.
-¿Dónde vives?- frunció el ceño, ignorando mi sarcasmo.
-Eso tendrás que adivinarlo- y me giré, sin darle un apretón de manos.
Aquella tarde me desplacé hacia Brooklyn, pasando por el puente, para disfrutar de los dotes artísticos de mi réflex. Desde dicha lejanía, se permitía divisar tantas vistas de rascacielos de Manhattan como quisiera, y quería captar cada meticuloso detalle. Sentí que mi cuerpo emanaba libertad, y eso me hacía sentir fuerte.
Cuando las agujas me recordaron mi compromiso, retrocedí. Afortunadamente, tenía que limitarme a esperar en el portal, pues ya iba arreglada. Me miré en un espejo largo del pasillo, cerca de los buzones. Una camiseta gris de Led Zeppelin y unos vaqueros cortos me representaban de manera sencilla. No tuve que desesperarme necesariamente, pues Joe apareció pronto, abriéndome el asiento de copiloto y aparcando en segunda fila. Le estudié. Era la segunda vez que presenciaba su estilo informal, restando su etiqueta exigida en la facultad. Llevaba unos pitillos ajustados y una camiseta blanca rasgada por ambos lados, probablemente se la habría diseñado él mismo. Con todo, un cigarrillo encendido de Malboro descansaba apaciblemente en sus labios. Y de vez en cuando, inhalaba y soltaba el aire con suavidad en pequeñas bocanadas. Me mordí el labio con disimulo.
-Adentrate conmigo- me invitó.
Continuará...
jueves, 8 de marzo de 2012
Capítulo 5.
Un impertinente timbre me alteró a la mañana siguiente. Gemí molesta y alargué el brazo a ciegas para apagar el despertador. Volví a hundir la cabeza en la almohada, pero entonces, di un brinco. Había vuelto a sonar. Bufé, muy cabreada. No había sido el del despertador, sino el de la puerta. Me rasqué la cabeza perezosamente y fui hacia la entrada. Me asomé por la mirilla, era una chica. Concretamente, con la que me encontré el día de mi llegada.
-¿Sí?
-¡Pero bueno! ¡Todavía estás en pijama! ¡Vamos a llegar tarde!
-¿Vamos?
-Me estoy ofreciendo voluntaria para acompañarte a la facultad- puso los ojos en blanco.
-Es... es todo un detalle- dije, sin haber caído en la cuenta. No esperaba que nadie fuera a ser amable conmigo.
Metí un par libros acompañados de un estuche y un carpesano en una pequeña mochila de color marrón y cuero. Me lavé la cara casi violentamente, me peiné desesperadamente, me maquillé con algo básico y me vestí con urgencia. Fui a la cocina y bebí a morro de un cartón de zumo de naranja. Jadeando, me uní a mi vecina.
La facultad estaba dividida en enormes edificios y bloques de color ladrillo. El césped era verde, muy verde. Y estaba recién cortado. Me mordí el labio, nerviosa.
-Todavía no me has dicho cómo te llamas- dejé caer.
-Emily, ¿y tú?
-Nuka.
-Extraño nombre.
Mientras íbamos adentrándonos, sentí que la escena se iba convirtiendo cada vez más caótica. Taquillas por todas partes, alumnos corriendo por los pasillos, un altavoz anunciando con el tono demasiado alto.
Entre tímidamente a la clase, sin separarme mucho de mi compañera. A lo lejos habían dos asientos libres. Mientras sacaba las cosas con lentitud, un profesor se presentó y a continuación nos dio una pequeña introducción sobre los valores de la facultad, lo que se esperaba de nosotros, y nuestra obligación moral de ofrecerle algo a la sociedad. Mientras las aburridas palabras salían de sus labios, pensé en mi elección de querer estudiar Filología Hispánica. El resto de la clase seguí ausente, muy ausente. Como si no fuera yo misma. Emily lo notó y me dio un codazo. Lo cierto es que seguía sin poder quitarme de la cabeza el accidente y lo duro que había sido Joe conmigo.
-¿Sí?
-¡Pero bueno! ¡Todavía estás en pijama! ¡Vamos a llegar tarde!
-¿Vamos?
-Me estoy ofreciendo voluntaria para acompañarte a la facultad- puso los ojos en blanco.
-Es... es todo un detalle- dije, sin haber caído en la cuenta. No esperaba que nadie fuera a ser amable conmigo.
Metí un par libros acompañados de un estuche y un carpesano en una pequeña mochila de color marrón y cuero. Me lavé la cara casi violentamente, me peiné desesperadamente, me maquillé con algo básico y me vestí con urgencia. Fui a la cocina y bebí a morro de un cartón de zumo de naranja. Jadeando, me uní a mi vecina.
La facultad estaba dividida en enormes edificios y bloques de color ladrillo. El césped era verde, muy verde. Y estaba recién cortado. Me mordí el labio, nerviosa.
-Todavía no me has dicho cómo te llamas- dejé caer.
-Emily, ¿y tú?
-Nuka.
-Extraño nombre.
Mientras íbamos adentrándonos, sentí que la escena se iba convirtiendo cada vez más caótica. Taquillas por todas partes, alumnos corriendo por los pasillos, un altavoz anunciando con el tono demasiado alto.
Entre tímidamente a la clase, sin separarme mucho de mi compañera. A lo lejos habían dos asientos libres. Mientras sacaba las cosas con lentitud, un profesor se presentó y a continuación nos dio una pequeña introducción sobre los valores de la facultad, lo que se esperaba de nosotros, y nuestra obligación moral de ofrecerle algo a la sociedad. Mientras las aburridas palabras salían de sus labios, pensé en mi elección de querer estudiar Filología Hispánica. El resto de la clase seguí ausente, muy ausente. Como si no fuera yo misma. Emily lo notó y me dio un codazo. Lo cierto es que seguía sin poder quitarme de la cabeza el accidente y lo duro que había sido Joe conmigo.
-Sam te está mirando.
-¿Eh?
-El chico que está tres filas más atrás. El que tiene el pelo negro y los ojos verdes.
-Ah...
-Guapo, ¿verdad?
Sí, lo era. Pero desde mi punto de vista, su egocentrismo era más poderoso.
Seguimos comentando más impresiones cuando nos tocó abandonar el edificio. Y entonces, choqué contra alguien a la salida.
-Lo siento, no te he visto- dijo una voz grave. Noté que me cogía de la mano, suave pero firmemente, para levantar el peso de todo mi cuerpo. Mientras hacía un esfuerzo por memorizar dónde había oído anteriormente esa voz tan familiar, él se adelantó y dijo, preocupado:
-Tú...
-¿Eh?
-El chico que está tres filas más atrás. El que tiene el pelo negro y los ojos verdes.
-Ah...
-Guapo, ¿verdad?
Sí, lo era. Pero desde mi punto de vista, su egocentrismo era más poderoso.
Seguimos comentando más impresiones cuando nos tocó abandonar el edificio. Y entonces, choqué contra alguien a la salida.
-Lo siento, no te he visto- dijo una voz grave. Noté que me cogía de la mano, suave pero firmemente, para levantar el peso de todo mi cuerpo. Mientras hacía un esfuerzo por memorizar dónde había oído anteriormente esa voz tan familiar, él se adelantó y dijo, preocupado:
-Tú...
-Oh, no- comprendí, tarde.
-Es el profesor Joe Anderson- me informó Emily entre cuchicheos.
Continuará...
Continuará...
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