Sus demacrados párpados se abrieron camino con tal dificultad que creí haberlo imaginado. De sus oscuros y peligrosos ojos, sólo quedaba una mirada llena de urgencia. Sonreí tristemente, acariciándole como pude.
-Te vas a poner bien... te vas a poner bien...- dije con un nudo en la garganta.
Joe intentó pronunciar mi nombre, pero negué enérgicamente. No quería que hiciese esfuerzos innecesarios.
-Vamos a intentar ponerte en pie, ¿de acuerdo?
Asintió, serio. Mis pequeños brazos intentaron poner en funcionamiento su cuerpo fornido, pero era demasiada carga para mí. Él se dio cuenta, y con un esfuerzo asombroso, hizo casi todo el sacrificio él. Le apoyé contra la pared para que pudiera hacer una pausa antes de la reanudación. Mis lágrimas y las gotas de lluvia eran visibles y símiles, sin poder hacer mucha cosa por diferenciarlas. No cesaban de resbalar por mis labios. Joe se quedó mirándolos, alargó un dedo y apartó mi molestia. Cuando lo hizo, su yema todavía seguía descansando en ellos. Cerré un momento los ojos, intentando pensar con frialdad. Casi podía haberse denominado ternura. Casi. Volví a abrirlos.
-Rodea mi cuello con tu brazo derecho, y yo rodearé tu cintura con mi brazo izquierdo. Te voy a llevar al hospital cueste lo que cueste.
-¡No! ¡Al hospital no!- dio un alarido, como si hubiera reaccionado.
-¿Por qué no?- fruncí el ceño.
-Es complicado- hizo una mueca- Tengo un historial que tiende a volverse en mi contra. Creerán que he sido el causante de lo que ha sucedido.
-Pero yo he sido el testigo principal, les explicaría...
-Por favor, no...- imploró.
-Está bien. Te llevaré a mi piso.
-Gracias.
Durante el trayecto, estuve pensando en si sería capaz de curarle. Y lo más importante, si sería capaz de encontrar medicinas. Mientras subía en el ascensor llevándole a cuestas, me vino la solución.
-Emily.
-¿Cómo dices?
-No hagas ruido, vive en la puerta de enfrente.
Gruñó. Probablemente por si nos veía y empezaba a hacer preguntas. Al igual que a mí, le gustaba mantener su vida privada al margen. Le senté con suavidad en el sofá, pero me di cuenta de que era estrecho e incómodo para estar tumbado. Le trasladé a mi habitación y le invité a que se acurrucara en mi cama. El hecho de haberle permitido entrar se me hacía raro. Le vi contemplar de lejos un tablón de corcho donde había colgado con anterioridad en la pared fotos de cuando era pequeña. Frunció el ceño. Parecía que volvía a ser él mismo.
-No tardaré
-Espera- me cogió del brazo obligándome a agacharme a su altura- me has salvado la vida. No lo olvidaré.
-También me la has salvado tú- susurré, conmovida.
Cruzó los hombros.
-Ahora vuelvo- insistí. Él asintió.
Toqué dos golpes secos en la puerta de madera de Emily y esperé, algo inquieta.
-¿Quién es?- preguntó, bostezando.
-Nuka- titubeé- ¿Tienes medicinas? No te lo pediría a estas horas de madrugada si no fuera importante.
-¿De qué tipo las quieres?- esta vez dejó escapar un bostezo más grande que el anterior y me sentí culpable.
-Pues... -fruncí el ceño, intentando pensar- ¿sería mucho pedir si tuvieras algodones, alcohol y Thrombocid?
-¿Para qué los quieres?
-Como te he dicho- Evité la cuestión- No te lo pediría si no fuera importante. ¿Hablamos mañana?
-Sí- concluyó, desconfiada.
-Buenas noches.
Cuando entré de nuevo, Joe se había quitado la camiseta, y en sus brazos y su espalda descansaban figuras adornadas en tinta. Entrecerré los ojos y arrugué la frente para echar la cantidad correcta.
-Pareces muy concentrada.
-Lo estoy. No quiero hacerlo mal y hacerte daño.
Pero Joe bramó sin poder contenerse cuando el algodón rozó el entorno de su piel, sus ojos, y cerca de las cejas.
-Ahora espera a que se seque. Y no mires, voy a ponerme el pijama.
-He visto a una considerable cantidad de mujeres desnudas- puso los ojos en blanco- tu cuerpo no va a ser una caja de sorpresas.
Sin embargo, mientras buscaba en los cajones, sentí su curiosidad clavada en mí y se me aceleró el corazón.
-Si vas a hacer trampas...
-Entendido.
Me desnudé rápidamente con desconfianza pese a que esta vez le tenía vigilado. Joe sabía cómo evaluar mi nerviosismo.
-Qué extraño conjunto- Comentó Joe, decepcionado.
-¿Qué tiene de malo una camiseta y un pantalón largo de Betty Boop?
-Normalmente estoy acostumbrado a la lencería, ya sabes.
Hice caso omiso a su crítica y me tumbé junto a él, pero intentando separarme al máximo.
-No hace falta que hagas eso. El invitado soy yo.
-Y el enfermo- Objeté.
-Tonterías, ven.
Lo reconsideré demasiado.
-¿Te asusto?
-Un poco.
Me acercó a él y jugueteé con los dedos de su mano, nerviosa.
-Estoy cansada- admití.
-Lo suponía- no había rencor- Yo también lo estoy.
-Buenas noches, Joe- dije, estudiando sus ojos negros como el fondo de un pozo, uno que me hacía sentir hipnotizada.
-Buenas noches, pequeña.
Continuará...
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