Había contenedores repletos de basura, el aire que se respiraba era nauseabundo, y dos sombras se iban aproximando poco a poco hacia la pared donde me había apoyado para retomar el ritmo. Seguía desorientada, pero comprendí que no se trataba de Joe y de que era demasiado tarde. Uno de los tipos, soltó una risita peligrosa. Me erguí deprisa, pero el otro se había puesto justo enfrente mía, con una pequeña navaja.
-Tengo... tengo... dinero- susurré, con los labios temblorosos.
-No nos interesa tu dinero.
-Parece que hoy no es tu día de suerte- añadió el otro, con seriedad.
Mi rostro palideció e intenté huir, pero uno me retuvo cogiéndome del brazo y otro jugueteó con la navaja contra mi cuello, haciendo círculos sobre él. Noté un pinchazo, como si el arma blanca se hubiera introducido en mi piel, y reprimí un gemido.
-Si intentas algo, te mataremos.
Aquella amenaza llegó muy dentro de mi subconsciente, y comprendí que es lo que harían. No pude evitar dejar caer un par de lágrimas indiscretas.
-Por fa...vor... -supliqué.
-Por fa...vor... -me imitaron cruelmente.
De repente empezó a llover, transformando el agua en barro.
-Qué más da, un propósito es un propósito.
El más alto comenzó a acariciarme un muslo de abajo arriba, pero con la brusquedad que supuse que le caracterizaría. El otro besaba mi mandíbula con lascividad. Volví a sollozar cuando metieron la mano por debajo de mi camiseta calada, hasta llegar a la copa de mi sujetador.
-Nadie puede salvarte, ¿lo entiendes?- me dijo uno de ellos, descendiendo esta vez para llegar a mi ropa interior por debajo de los pantalones- nadie.
Entonces, ladeé la mirada hacia un lado, pensando que había sido un producto de mi imaginación el gruñido que había escuchado. Pero no lo era, la imagen era nítida y real. Joe nos miraba intensamente. Al igual que nosotros, estaba absolutamente empapado, y sujetaba un periódico en una mano para protegerse la cabeza. Con todo, las venas del cuello las tenía marcadas, muy marcadas. Probablemente de lo irritado que se sentiría. Mis atacantes dieron un respingo al ver la silueta de Joe.
-Márchate, márchate- bramaron al unísono.
Pero el hombre de baja estatura cometió el error de retroceder un poco, inseguro. Aproveché para deshacerme de ellos entre empujones. Corrí hacia Joe como nunca había hecho, y él hizo lo mismo. La carrera fue corta y nos fundimos en un abrazo. Me puse a gritar con histerismo por el alivio; sentía que estaba a salvo. Él me rodeó de la cintura firmemente, probablemente para sentir lo mismo. No obstante y con los titubeos a un lado, los violadores hicieron una segunda muestra de sus navajas. Joe comprendió que tenía que enfrentarse a ellos, o de lo contrario nos perseguirían y me llevarían con ellos. Adiviné su decisión.
-Joe, vámonos... vámonos...- los dientes me castañearon con decisión, fruto de una posible hipotermia.
Pero se separó de mí con valentía y fue avanzando hacia ellos.
-¡No!- me volví a negar.
Lamentablemente, uno de los hombres le hizo una llave, dejandole los brazos inutilizados. El otro, levantó una pierna en alto para propinarle una patada en la entrepierna. Joe abrió mucho los ojos y su tez se volvió rojiza. Jadeó costosamente y tembló, todavía atrapado. El compañero, insatisfecho con la labor del otro, cerró el puño y le pegó un puñetazo, dos, tres, hasta dejarle la cara irreconocible y llena de cardenales.
-Has sido cabezota, muy cabezota- puntualizaron, agarrándole fuerte del pelo y rompiéndole la nariz con un nuevo golpe.
Joe cayó al suelo, vencido. Cuando su cuerpo chocó contra el duro suelo, varios objetos salieron despedidos de sus bolsillos. Entre ellos, una pistola. Los dos hombres y yo nos miramos y fuimos a la vez hacia el arma. Afortunadamente, conseguí cogerla yo. Retrocedí prudentemente y poniéndola en alto.
-No os mováis.
-No seas ridícula...
-No creo que lo sea- y cargué la pistola. En aquella ocasión palidecieron.
-Largaros- dije, apretando los dientes- largaros y prometo no denunciaros. De lo contrario, compraré flores con tarjetas para vuestras familias.
Los dos acosadores no se lo pensaron dos veces y se perdieron poco a poco entre las sombras. Tiré la pistola al suelo, asustada de mi intervención. Tiritando y con la tormenta a mis espaldas, me agaché hacia el cuerpo de Joe.
Continuará...
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