-Eh muñeca, ¿te apetece jugar?
Me di la vuelta, con las lágrimas secas y un clínex arrugado.
En realidad no era asunto mío. Él tenía 34 años, yo 17. Él era impulsivo, violento, egoísta e insensible. Yo era sensata, creía en el diálogo, y por extensión, en los valores de los cuales él carecía. No teníamos nada que ver el uno con el otro. En definitiva, no nos entendíamos. ¿Entonces, por qué reaccionaba así? ¿Para confundirle y hacerle creer que la teoría de que las mujeres no sabemos lo que queremos es cierta? No, desde luego. No estábamos juntos. No me pertenecía. Sin embargo, yo llevaba la razón en algo, y es que me había dejado tirada por otra cuando había quedado conmigo. Algo que me suele irritar profundamente.
-No, gracias.
-Va, no seas tonta- insistió el anterior individuo.
-He dicho que...-entonces divisé dos cosas; que el chico presumía de un indudable atractivo y que Joe y la mujer ya habían terminado y estaba empezando a buscarme- he dicho que sí, ¿verdad?- le sonreí. Él me sonrió a su vez.
-Acompáñame.
El hecho de querer darle celos para vengarme, podía costarme muy caro. No conocía a aquel desconocido, que rondaría mi edad. Ni siquiera la postura que estaba tomando con él era mi estilo.
-Mmm...- ronroneó, respirando contra mi pelo.
Le aparté con suavidad, pero sin restar firmeza.
-¿No íbamos a jugar?
-¿Y no es lo que estamos haciendo?
-Lo siento, no me interesa.
-No me cabrees.
Yo no, pero Joe sí. Mi maldito Joe. Le vi acercarse sólo y con una expresión de locura contenida. Y así sin más, con esa gracia tan natural, irritante y suya, llegó hasta nosotros y le dio un empujón fuerte.
-¿Qué cojones haces?
-Está conmigo- aclaró, haciéndome ademán de que me pusiera detrás de él.
-Mentira, te he visto con una pelirroja- y le devolvió un empujón todavía más violento, que provocó que hiciera retroceder a Joe y estar a punto de perder el equilibrio.
Él le miró cegado de odio y le propinó un puñetazo. Parpadeé perpleja y solté un gemido. El joven acarició su mejilla izquierda y notó que le brotaba sangre. Cerró el puño y le imitó, pero propinándoselo en el estómago. Él jadeó, intentando que no fluyera el dolor en público. Se mantuvo estable más o menos.
-¡Basta!- grité, y me puse en medio, exponiéndome al peligro.
-Quítate- me advirtió el chico misterioso.
-Ni hablar.
Cerró los ojos, fastidiado.
-¿Estás realmente con él?
-Sí.
-Podrías haberme avisado, realmente me llamabas la atención.
Me encogí de brazos.
-Es lo que intentaba decirte antes.
-Está bien, pero como vuelva a ver a tu novio por aquí, no saldrá vivo.
-¿Cómo me matarás? ¿Eh? ¿Cómo?- rugió Joe.
-Sin problemas, la camarera y yo no hemos hecho buenas migas.
-De acuerdo- dijo, interrumpiendo su profunda reflexión- Cuídate, muñeca.
-¿Muñeca?- escupió Joe, perplejo.
El otro muchacho le lanzó una mirada de desprecio y se fue. Yo hice lo mismo, dejando a Joe atrás y buscando la salida. Pero me alcanzó en seguida.
-¡Eh! ¡Eh! ¿Estás bien?- me preguntó.
-Sí- dije con frialdad- ¿Y tú?
-No, me ha golpeado pero bien...
-La pelea la empezaste tú- le recordé, sin apoyarle.
-Nuka, se estaba intentando aprovechar de ti- zanjó.
-Bueno, eso era asunto mío.
-Y mío, tú estabas conmigo.
-No Joe, la mujer pelirroja estaba contigo.
-Ah, nos has visto...
-Pues sí, resulta que tengo ojos.
-Bueno- aclaró incómodo- ha sido una necesidad de última hora.
-Bien, pues mi necesidad va a ser no volver a verte.
-¿Pero por qué?
-Porque me has dejado sola en la barra para irte a practicar sexo con una desconocida mientras la camarera me insinuaba que no eres un desperdicio en la misma materia.
-Lo siento...
-¿En qué mundo vives, Joe?
-Oye, no eres mi padre. No me des la charla.
Aquello me hirió profundamente.
-Como quieras- dejé escapar un minúsculo sollozo- pero entonces tú tampoco me la des a mí.
-Es distinto.
-Vete al infierno.
Hice ademán de doblar la esquina, pero entonces Joe susurró:
-No te vayas...
-Lo has estropeado.
-Sé que querías que todo hubiera terminado donde lo habíamos dejado. Pero qué quieres que haga, no me arrepiento.
-Hijo de puta.
-No me llames así- apretó los dientes.
Eché a correr, pero él me siguió, y cada vez notaba que sus pisadas estaban más próximas a las mías. Por suerte, conseguí burlarle escondiéndome a un callejón oscuro. Pero estaba sin salida.
Continuará...
No hay comentarios:
Publicar un comentario