miércoles, 29 de febrero de 2012

Capítulo 4.

No sabía si estaba viva o muerta. Lo único que sabía era que me sentía atrapada dentro de mi cuerpo y que mi alma quería salir. Pero eso suponían dudas y más dudas. ¿Existiría el cielo? ¿Existirían los ángeles? ¿Mi padre yacería allí? Demasiada compleja la decisión. Finalmente, mi alma se asomó tímidamente y con lentitud. Reposó en la esquina de una blanca y fría habitación y observó los futuros hechos. Estaba en un hospital, en un caótico y poco reconfortante hospital, donde los sollozos, gritos y miedos de las personas eran los protagonistas. Todas las víctimas tenían un familiar luchando por seguir al lado de ellos. Pero yo no tenía ninguno en esos momentos. Tan sólo él. Aquel apresurado conductor que había estado a punto de llevarse mi joven vida. Y quizá lo consiguiera. Todo dependía de mí, porque no estaba segura de querer volver. Observé mi cuerpo manchado de sangre por algunas zonas de mi rostro, y la piel ennegrecida por las ruedas aplastantes del coche que habían pasado por encima de mí. Me observé y me compadecí. ¿Por qué volver a la vida? Tenía la oportunidad de ver a mi padre, de acribillarle a dudas, de abrazarlo y de pasar la eternidad con él. En Nueva York nada me ataba, salvo un mal recuerdo. Pero entonces recordé a mi madre y a mis hermanos. No soportarían otra perdida. Otra no. Y jamás se habrían perdonado haberme dejado marchar lejos. Tenía que demostrarles que estaba capacitada para cuidar de mí misma. Con fastidio, volví a mi cuerpo para enfrentarme a los médicos.


-Está... está...- titubeó uno de ellos. Acababan de hacerme un masaje cadíaco.
-¡NO, NO, NO! ¡HÁGALO BIEN, HÁGALO BIEN O...!- estalló en gritos el conductor.

-Le ruego que se calme, señor.
-¡INTÉNTELO OTRA VEZ, INTÉNTELO OTRA VEZ!
-He dedicado todo el tiempo necesario a la muchacha, no se puede hacer más por ella. Todo indica a que está muerta.
-¡NO DIGA ESA PALABRA!- cerró el puño con rabia y le propinó un puñetazo.


Una enfermera se escandalizó horrorizada y llamó a seguridad. Y entonces le salvé de la situación que le esperaba, porque comencé a toser ante el oxígeno que me habían intentado proporcionar. Arrugué la frente a causa del molesto dolor que sentía en la cabeza. Una segunda enfermera fue quien se fijó y dio la voz de alarma al malherido doctor.


-¡Doctor, mire!
-Después me encargaré de usted- señaló con infinito desprecio al agresor.
-Es imposible- parpadeó perpleja la mujer, hablando para sí sola.


Despegué los labios con gran esfuerzo y emití hilo ridículo de voz, que más bien pareció un lamento.


-Tranquila, no hace falta que hables ahora. Estás a salvo.



Y dicho esto, cerré los ojos agotada física y mentalmente para sumirme en un profundo sueño que duró ocho horas.


El ruido de unos cubiertos fue lo primero que escucharon mis oídos por la tarde. Me alcé cuidadosamente apoyándome contra el respaldo de la cama, para sujetar la bandeja de comida que iba a recibir.


-¿Cómo se encuentra?
-Confusa, muy confusa.
-Nos tenía preocupados a todos. Su caso ha sido muy... particular.
-Me imagino- tragué saliva.
-Coma tranquilamente y podrá darse de alta después.

Mastiqué con lentitud, pues mis reflejos todavía seguían siendo torpes. Cuando acabé, me levanté precavidamente por si las piernas me fallaban, pero pude estabilizarme. Me desvestí para quitarme el vestido blanco que me habían puesto y cogí mi ropa, que reposaba en una de las sillas de aquella habitación. Abrí la chirriante puerta y me asomé tímidamente. Diversos médicos rondaban cerca y todos acudieron rápidamente a mí. Sentí un zumbido de voces llenas de interrogantes, pero sólo tuve ojos para el hombre que descansaba en una silla al fondo del pasillo, con una taza de café aguachado entre las manos. Parecía realmente cansado. Más que yo, incluso. Ignoré a mi numerosa y agobiante compañía y puse mi empeño en llegar a la recepción, dispuesta a firmar los papeles y a escapar de aquella pesadilla. El conductor tiró el café a la papelera y corrió hacia la entrada, hacia mí. Yo ya le esperaba.


-Bueno...- dijo mirando al suelo- me llamo Joe.


Acto seguido, le di un impredecible bofetón.


-Desgraciado.
-Pensaba disculparme- dijo conteniendo su ira. Apenas le conocía, pero sabía que era muy violento.
-Pues si quieres hacerlo, que sea en comisaría.
-No- dijo intentando esconder su miedo- a comisaría no, por favor. Hablemoslo.
-No tengo tiempo para ser comprensiva contigo.
-Caminemos al menos, todo el mundo nos mira.
-De acuerdo- suspiré.


Mientras buscábamos discreción, estuvo explicándome que había pagado mi ingreso en el hospital, pues la sanidad allí era privada. Sabía el sacrificio que suponía aquello.


-Gracias- dije, ablandando mi corazón.
-No hay de qué.


Abrí la boca para añadir algo, pero volví a cerrarla.


-¿Qué?
-¿Por qué corrías tanto, Joe?- le dije, muy seria- ¿Qué era tan importante para que no pudieras respetar un stop?
-Eso no es asunto tuyo- masculló desagradablemente, destruyendo la confianza que se había ganado.
-Nunca he conocido a nadie tan insensible como tú.

Y aceleré el paso, dejándole atrás. Me giré para verle una última vez, alcé una mano en alto y guardé todos los dedos excepto el del medio. Pese al insulto, se rió. Le dediqué una mueca de fastidio. El fin de semana había sido espantoso. ¿Y qué podía empeorarlo aún más? Que mañana era lunes y empezaba la jungla.

Continuará...

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